Sonata para contrabajo solo

Buenas noches a todos y bienvenidos al estreno de la última obra del gran músico y compositor vanguardista Ilich Feldman.

Al decir esto con ese acento latino cautivante, el presentador ajustó su corbata y se apresuró al camerino en medio de aplausos. Unos segundos después la audiencia veía salir de nuevo al ilustre presentador, trayendo consigo un pesado contrabajo y un atril. Todos observaban sorprendidos como aquel hombre se ubicaba difícilmente en el centro del escenario y en breve hizo un anuncio inesperado: -El maestro Ilich ha dejado una indicación muy puntual en la partitura, donde se me ha pedido interpretar su gran obra. Espero entonces sea del agrado de ustedes-

Entre la romería y la bruma de inconformismo al interior de la sala por el desplante del gran maestro, el presentador fijaba la única hoja de la partitura en el atril.

Lo que nadie allí sabía era que horas atrás, en el camerino del artista, el Compositor había dejado todo listo y preparado, parecería que lo hubiese planeado meses o años antes como una perfecta obra de arte. Como un ¨Grande finale¨.

Cuando Ilich llegó esa tarde al teatro, sacó su contrabajo e hizo su rutina como la venía haciendo los últimos 48 años, ceremonia previa a sus presentaciones anuales en la gran tarima del teatro Faenza. Esa tarde, Ilich se sentó en una silla, sacó una botella de vodka y empezó a beber, no hizo calentamiento ni reflexiones previas a la ejecución. Allí permaneció en silencio, mientras escuchaba las reprimendas y los regaños habituales de su contrabajo. Su instrumento le gritaba cosas y le recordaba detalles interpretativos para que Ilich no los olvidara – ¡Acuérdate del ostinato Ilich! No me dejes quedar mal de nuevo – le demandaba reiteradamente el viejo madero. – Acuerdate que en el compas 79 ese retardando cae hasta pianisimo – Ay Ilich, no me hagas enfadar, deja ese maldito Vodka ya y apuntate el corbatin – ¡hueles ediondo!, aún traes el perfume de esa perra que revolcaste anoche – Ilich, ¿cuándo aprenderás? –

Ilich tomaba otro trago mientras arreglaba la partitura en el atril. – Ya no eres el mismo, me traes muchos problemas – le recordaba el Contrabajo. – Espero no se te olvide el cambio a 5/4, como en el rondó de Bartok ¡que pesadilla!. No sé como te soporto – Antes atraiamos las palomas, ahora no asustamos cuervos – tus dedos bailaban como finas baletas en mis cuerdas, ahora se tropiezan ebrios – SI no fuese por mi Ilich, ¿Quién serias? – Mi fino linaje Polaco es quien nos llevó a la cuspide, a Munich, a la Scala Italiana – ¿recuerdas la obación en la opera Vienesa? ¡Que noche!- Te di fama Ilich y tu a mi: ¡mala vida!. Ilich solo permanecia allí y no decía una sola palabra. – Tenias que venirte detrás de esa asquerosa, al tercer mundo – casi nos matan en la calle por tu borrachera, y por poco me dejas perder en la prenderia de chapinero – le recordaba el madero – Ay Ilich acordeón mudo e inutil. Apurate más bien, amarra tus zapatos – Años de esclavitud, enseñandote como tocar, sacandote callos en esos dedos hasta brotar sangre – encerrados horas al dia viendo solo el humo del café salir por las ventanas y los balcones- aguantando los reclamos de vecinos miles por el ruido – y soportando la inclemencia del transporte – y el frio, y la puteada, y el desmadre tuyo – Que vergüenza me das Ilich, ¡Que vergüenza!

Sin aviso se llegó la hora, el presentador ingresó al camerino, y le dijo a Ilich que se preparara que ya lo iba a a anunciar.

– Espero que esta noche no me embarres la cara, allá tu si te vas al abismo, yo tengo que brillar ¿Me entiendes Ilich?- le recordaba incesantemente el Contrabajo, y agregaba – Yo soy la estrella ilich, no se te olivide ¡Yo soy la estrella! Y tu un bueno para nada, – No se con que vas a salir hoy pero tendrás que sorprenderme – ese cuento de que esta obra es una sorpresa me parece otro de tus caprichos y no me gustan tus sorpresas contemporáneas – ¿Quién te crees eh? ¿Ligetti? ¿Jhon Cage? ¿Glass? jajajajajajajaja ¡apurate ilich! ¡apurate!

Juan Emilio Santamaria, el joven presentador al ingresar de nuevo al camerino despues de anunciar al Maestro Illich Feldman, invitó al prestigioso Ilich al escenario y este yacía allí sentado, con ese sombrero gris de toda una vida y sus ojos perdidos en otro tiempo, uno que quizá le robaba un alivio en las arrugas de sus labios que aún olian a vodka. – Maestro Ilich, ya es hora. ¡Tu publico te espera! – Le indicó Juan Emilio.

Pero ilich no respondió, ni siquiera parpadeo y por un segundo el camerino crepitaba de silencio. El joven presentador del Faenza pudo corroborar con horror que Ilich Feldman estaba muerto y permanecía inmovil junto a su atril y el contrabajo. El hombre desesperado y con la audiencia expectante, vio la partitura en el atril que tenía una indicación muy particular. Así, salió José Emilio a la luz del escenario, con su aliento trémulo de pavor y con el alma inundada de frio, llevó consigo el contrabajo y el atril y luego de unos segundos de silencio Juan Emilio empezó a interpretar al pie de la letra la partitura que rezaba: ¨Apriete las clavijas una a una y muy lentamente, hasta que con sutileza cada cuerda se reviente y hasta que la madera ensordezca con su crujido y espante la audiencia de puro estupor¨

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